BILLETE AL INFINITO

Un nuevo disco del colectivo lesbiano es una experiencia que se debe abordar con paciencia y tiempo suficiente para poder ser calibrada en su justa medida. Este largo camino emprendido ya hace más de una década está empezando a dar unos frutos que se traducen en reconocimiento de prensa y público y del que antes no podían ni imaginar oir hablar, cuando sus discos en inglés pasaban sin pena ni gloria, cuando sus canciones que tenían a The Cure como motor inspirador bordeaban la conciencia de unos críticos demasiado preocupados en ensalzar el enésimo ejercicio de onanismo musical desarrollado por Los Planetas , por ejemplo.(leer más)
Pero las cosas cambiaron el día que Santi Balmes decidió que el nuevo combustible que movería sus composiciones sería el castellano, una herramienta más que compatible con su manera de exorcizar sus demonios y sus retorcidas visiones de una vida plagada de pequeños descubrimientos, de grandes hallazgos en los minúsculos recovecos de las experiencias cotidianas de su alrededor.
Ahora ya no hay marcha atrás, pues sus tres obras en español les han permitido hacerse con una sólida base de seguidores, que se identifican con su irónica visión de la vida, con las excentricidades de un imaginario personal e intransferible, de un mundo único y excitante, del universo lesbiano.
“Maniobras de Escapismo” supuso el primer paso, un brillante giro donde no podías evitar pensar cuánto tiempo habían necesitado para darse cuenta de que sus canciones pedían a gritos un hilo de comunicación directa para que no se perdiera por el camino ni una gota de esa información que habían querido transmitirnos durante tantos discos, sin encontrar la manera de hacerlo. Era el nacimiento de una nueva banda, de un nuevo lenguaje que todos acogimos con la mejor de nuestras sonrisas. “Cuentos Chinos para Niños del Japón” resultó la confirmación de que la dirección era la correcta, de que ya sólo podían ganar, de que les preferíamos así.
Dos brillantes discos cargados de himnos como “Carta a todas tus catástrofes”, “Maniobras de escapismo”, “Houston tenemos un poema”, “Univeros infinitos”, “La niña imantada”… canciones que algunos ya tenemos como parte de nuestras vidas, canciones que un día nos ponen tristes y otro día eufóricos, canciones con reversos y rincones, donde resguardarse y soñar, donde reír y llorar.
El listón estaba alto, sabíamos que era injusto pedirles otro disco a la altura de dos maravillas como ésas, que también son humanos y que quizás merecían relajarse y soltar el pie del acelerador, pero las canciones para Santi y los suyos son una necesidad vital, nacen como pequeños embriones surgidos de cualquier situación que sus radares asimilen como excéntrica, pasional, emocional o vital, y salen en forma de combustiones cegadoras, de fuegos artificiales de energía canalizada directamente a nuestros corazones, y esta vez los muy pillos han tejido un plan del que sabían que no saldríamos vivos: tomar una relación entre dos jóvenes como leif motiv, situarla en el año 1999 y a partir de ahí soltar los duendes de la imaginación.
Y el resultado vuelve a ser el mejor posible: Love Of Lesbian emocionan cuando se lo proponen (“Cuestiones de familia”, “1999” una de sus mejores canciones para el que escribe, maravilla de letra, de guitarras, de cambios de ritmo, viaje interespacial por las galaxias del perdón y la angustia de algo que fue bonito pero que está cerca de acabar, “Incendios de nieve” o “2009. Voy a romper las ventanas”), donde manejan con sutileza y dulzura los entresijos del lado menos amable de las relaciones, y también saben hacernos reír con su correoso sentido del humor, travieso y atrevido, que sabe sacar el reverso amable de pequeños enredos como los que plantean “Club de Fans de Johnny Boy” (hit rotundo), “Ectoplasta” o “Algunas Plantas” (donde sale a relucir el lado bailable que sabemos que tanto gusta a Santi), sin dejar de lado esas piezas de pop-rock clásico que tan bien se les dan, efectivas y que redondean esta obra, donde figuran “Allí donde solíamos gritar”, “Las malas lenguas” o “Segundo Asalto”.
La producción por fin les hace justicia, la batería suena afilada y rotunda como exigen los ritmos sincopados y hasta bailables de “Miau” y “Algunas plantas”, los arreglos fluyen naturales, decoran y matizan unas canciones ya de por sí soberbias.
Con ellos siento ganas de querer, de reír, de crecer, de soñar, de respirar, de emocionarme, de llorar; en definitiva, de vivir.
Una vez más: gracias lesbianos.
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